República del bla, bla, bla

La palabra esquizofrenia es un vocablo acuñado a principios del siglo veinte y significa “Mente dividida”; entre la realidad y las creencias falsas del enfermo. Ciertos “síntomas”, formulaciones erróneas del pensamiento ayudan a su detección. Estos pensamientos son llamados delirios, y pueden ser de tipo persecutorio, de grandeza, somáticos, etc. Pueden ir acompañados o no de alucinaciones, esto es, errores de percepción de cualquiera de los sentidos. Las personas escucha voces, ven cosas que no existen, recibe sensaciones táctiles desagradables. Cuesta trabajo diferencia entre el esquizofrénico y el mitómano. El mitómano puede mentir por padecer delirios de grandeza, para ocultar una baja autoestima y para ocultar o justificar –cosa grave- un delito. Existe, obviamente la enfermedad social que presenta semejante cuadro clínico. A veces se verifica por sí misma, un cuerpo social afectado que se manifiesta por medio de una conducta equívoca o durante la interacción entre un enfermo individual y la respuesta delirante de la multitud.

 

En nuestra querida “república del bla bla bla”, se han agudizado las conductas delirantes de grupo gracias al abuso de las redes sociales y a que la mentira institucional no ayuda para nada a la salud del enfermo.

 

El sistema de poder está afectado a su vez, y estimula (gracias a tan mal ejemplo), la conducta errónea del resto. Mal hace el sistema al propagar mentiras y mal hace el cuerpo social en creerlas. Mal hace la industria de adoctrinamiento de masas en inocular fantasías irrealizables en la mente de su triste auditorio y mal hace éste en reaccionar en concordancia. Y usamos ésta última palabra porque implica la conformidad de ambas partes.

 

Las redes sociales, lejos de ser un instrumento de emancipación donde se verifique una real y verdadera libre expresión, se utiliza casi exclusivamente para exponer a través de fotos y texto la conducta equívoca de uno o varios actores y ser una extensión de esa nefasta costumbre de hacer noticia la vida privada del payasito en turno, con una intención aviesa. No sólo es confundir al espectador, para que sea incapaz de distinguir lo que es importante de lo banal. Y un rasgo intrínseco de la maldad, es su banalidad, como bien lo entendió Hannah Arendt hace más de 50 años. El chismorreo desparramado a la velocidad de la luz –literal- es la inversión perversa de la máxima Socrática “conócete a ti mismo”.

 

 

El sistema estipula, adoctrina, obliga en sentido contrario: “Conoce al otro, nunca a ti  mismo”. Desplaza el foco de atención de lo que es propio a lo que es ajeno, con las perniciosas consecuencias que denunciaba el estoicismo romano. Siempre hay una tara de conducta en toda tergiversación de concepto, el desplazamiento de la personalidad que se verifica pasa por considerar propio para fines prácticos lo ajeno tangible, que puede ser una cartera, el contenido de un tráiler volcado de manera accidental, una bicicleta, un automóvil, el erario, el presupuesto para gasto social o hasta los bienes propios de la nación. El sistema logra de esta manera que se acepte como normal –es decir, aquello que es ordinario- la conversión de lo ajeno en propio, a través de la conversión del bien público en privado, con la connivencia social, encantada por convertir lo ajeno objetivo en lo propio subjetivo y hacer de lo propio tangible un doloroso desajuste digno de ser olvidado. Nosotros vivimos en el mejor de los mundos posibles, mal están los sudamericanos, los africanos o los aborígenes australianos.

 

La pasiva observación de una competencia deportiva convierte lo ajeno en propio a través de un “ganamos” fuera de toda proporción. Una colectividad rencorosa en lo social convierte un linchamiento público, inútil, intrascendente, orquestado desde los hilos del poder a manera de ofrenda expiatoria, en un delirante “lo logramos”. La justicia de las redes sociales es calca fiel de los “logros” obtenidos gracias a los obsoletos desfiles que a diario colapsan la ciudad: una pantomima. Lo desprendible es concedido para que se siga pensando –delirando, clínicamente hablando- en la utilidad del desfile o el linchamiento de redes sociales para lograr un verdadero cambio en lo social. La comodidad del sillón y la gratificación anímica de un “me gusta” o un “ganamos” evita cualquier organización –alejada de cualquier tipo de violencia- que pudiera ser efectiva y, a ojos del sistema, peligrosa.

 

Y así nos va.