Extranjeros mentales

El nacionalismo en México no existe, dado que aquello que llamaremos “país” para facilitar el análisis –el nuestro no es un país, es una triste parodia- se encuentra poblado de extranjeros, de facto y mentalmente hablando.

 

Es importante aclarar, antes de continuar con el tema, que esto es debido a una malformación programada. No se puede defender a la nación, como pomposamente demanda nuestro beligerante himno nacional, si no se cuenta con un mínimo de apego, con una base solidaria, un proyecto social común, más allá de las limitantes geográficas.

 

Luego entonces, para poder realizar el despojo, el expolio de una nación entera, se debe convencer a sus habitantes de que eso no es de su incumbencia. Y no es de su incumbencia porque éste no es su pueblo. “En mi pueblo…” es una expresión utilizada por habitantes de este país, cuyos padres llegaron desde la madrastra patria, con una mano delante y una detrás, gracias a la generosidad (pésimamente prospectada) del general conocido como el último de los presidentes nacionalistas, muy acorde a la reflexión que nos ocupa. Obviamente, cuando esas personas hablan de su pueblo, se refieren no al país que recibió a sus padres, sino al que los expulsó. De manera harto acomplejada intentan marcar distancia de lo nacional, obviamente, cuando no hay dinero ni bienes materiales de por medio. Tenemos una legión de extranjeros mentales que exaltan “a la mexicana” las virtudes de la tierra de sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y si se puede, a un Adán familiar.

 

La fea enfermedad que hemos descrito, el eurocentrismo, es fomentada por la gente que trabaja para y por el sistema, de manera que lo nacional queda relegado a una minoría de mal gusto. Se le llama de esa manera, aunque contiene cualquier referencia aspiracional hacia los países del llamado primer mundo. Por si alguien duda de su existencia, la materialización del eurocentrismo es una moneda llamada Euro.

 

 

 

Entre connacionales, el vocablo común utilizado para denostarse mutuamente es “naco”. Anteriormente se utilizaba para señalar cualquier cosa de dudoso o pésimo gusto. En el momento en que se logra la completa estandarización de usos y costumbres (uno puede escuchar la horrorosa música de banda desde las puertas abiertas de un destartalado microbús o desde la generosa estridencia de un automóvil convertible) vocablo tan hiriente deja de señalar falta de refinamiento, dado que este se ha perdido casi por completo. Luego entonces, ahora, es un claro referente a lo nacional y al poder adquisitivo.

 

Independientemente de su imaginada etimología, todas aquellas personas que tienen el pésimo gusto de utilizar el adjetivo, lo hacen para señalar a personas de bajos recursos (desde la perspectiva del insultante) o aquello “demasiado mexicano”, o “muy mexicano”. Y no hay nada más mexicano que la falta de recursos económicos. Luego entonces, en la pirámide económica nacional, naco es todo aquel que se encuentre ubicado en un estrato inferior, y si además, tiene la mala suerte de tener aspecto mexicano, pues con mayor razón.

 

Todo lo anterior es simplemente una pequeña introducción al tema que nos ocupa, y es que no es posible que exista una nación sin pueblo. Y no es casualidad que en nuestro país la palabra pueblo tenga connotaciones peyorativas. Se puede hacer el siguiente experimento, contar los chasquidos de labios recibidos cuando señalemos a cualquier persona como integrante del pueblo.

 

La fórmula “pueblo de México” existe en los discursos políticos, pero no en las fronteras del país que detenta el mismo nombre. De existir lo nacional, lo mexicano, difícilmente podría saquearse con semejante impunidad.

 

El sistema que se perpetra en partidos multicolor, ha logrado asociar lo nacional con lo despreciable. Y para ello, ha logrado acuñar otro espantoso vocablo que concita de manera unánime el desprecio popular. Si lo popular es el desprecio, bienvenido es, si lo popular es aquello que puede servir para integrar una identidad nacional, es malísimo y es tachado de “populismo”, la siniestra entelequia de los países subdesarrollados del mundo actual. Otra cosa es aquello que ocurre en el primer mundo. Solamente ahí, el nacionalismo se significa como lo correcto y lo deseable, luego entonces se utiliza para señalarlo una palabra elegante y que brinda confianza, “proteccionismo”.

 

Significar es aquello que representa entre otras cosas una idea, no es casualidad la elección de palabras para representar realidades nacionales, y que estas sean diametralmente opuestas entre los países desarrollados y el resto.

 

Y así nos va.