Suavizar con el lenguaje

Un documento publicado por el INEHRM, dedicado a las efemérides del mes de abril, nos informa que el día 22 del año 1519 se funda el “primer asentamiento europeo en México”. Nada nos dice de la fecha de arribo. Según el soldado que se ufanaba de haber escrito la verdadera historia de la conquista de México, la turba europea llegó a México el jueves santo de ese mismo año. Del 11 al 22 de abril, los expoliadores se dieron tiempo de mal nombrar dos lugares ahora notables de nuestra geografía e historia. La fecha de arribo debiera ser más importante, dado que inicia el conteo de una serie de desgracias cuyas consecuencias continúan hasta el día de hoy. El diccionario nos dice que “fundar” significa entre otras cosas “edificar materialmente una ciudad” y no nomás cambiar el nombre. Pero sabemos, son concesiones con las cuales se busca suavizar a través del lenguaje la violencia de lo sucedido. Decir “primer asentamiento europeo en México” suena bonito, como consecuencia de una invitación y/o  a que hicieron favor de venir.

 

Desde siempre ha parecido que en nuestro país se tiene terror a utilizar la palabra correcta, el término preciso, la adjetivación clara.

 

Seguro parte del problema nació con la imposibilidad manifiesta de los invasores para pronunciar de manera correcta palabras del idioma local. Imposibilidad que actualmente se considera signo de imbecilidad, al menos cuando se desconoce la pronunciación correcta de cualquier palabra de moda en lengua distinta al castellano.

 

Estamos en un país tan civilizado y tranquilo, que es necesario construir algo llamado “Índice de paz” por parte del “Instituto para la economía y la paz”. Como siempre, resulta al menos extraño leer que el estado de México, violento y criminal particularmente cuando se trata de mujeres, aparece “a mitad de la tabla” y que Nuevo León sea reportado como “menos pacífico” que Tamaulipas y Veracruz.

 

Más allá de la veracidad de los datos, se entiende que “menos pacífico” se utiliza para no hablar de “más violento”. Lo más destacado del informe es que el instituto acepta que solamente el 28% de los estados del país según el número de entidades federativas (21% del territorio nacional, según la superficie de cada uno de los estados), ofrecen condiciones elementales para poder vivir como la gente.

 

El otro problema es que, al ser considerada la política nacional y la realidad toda como un espectáculo, se utilizan expresiones hiperbólicas para hablar de intrascendencias, y lo verdaderamente importante o no se menciona o pierde gravedad gracias al mal uso del lenguaje. Podemos leer diversos usos de adjetivos graves como “masacre”, “aplastar”, “destruir”, “humillar” en medios dedicados a difundir noticias deportivas, del futbol específicamente. Uno llega a confundirse y no hacer caso de noticias tales, cuando masacre puede ser el asesinato impune de 17 personas o el resultado abultado de un partido de futbol. De esta manera la violencia social queda maquillada, escondida e irresponsablemente difuminada.

 

El lenguaje se convierte en herramienta de corrupción cuando, por ejemplo, los funcionarios públicos no cometen crímenes y delitos, sino “errores”. El mal tiene su propio dinamismo y le es indispensable el engaño y la mentira, luego entonces, por sus mentiras serán conocidos. Cuando un tribunal, encargado de impartir justicia y velar por el correcto desempeño de los concursantes, avala delitos y trampas para engrosar la baraja de candidatos a la presidencia –con cargo al erario, claro está-, decir que “en un estado de derecho se tienen que respetar las decisiones del tribunal”, es una mala broma; el sintagma “estado de derecho” puede significar cualquier cosa, incluyendo cochupo autorizado.

 

Es verdad que en nuestro país hablando no se entiende la gente. Y no estamos hablando del extraño texto que, el mismo INEHRM utiliza para informar de lo ocurrido el 13 de agosto de 1519: “Cae Tenochtitlán entre las tropas de Hernán Cortés”.

Y así nos va.