Oro por espejitos

Agradables son las palabras y los dichos de antaño. Con la actual propensión de hablar de manera ridícula estropeando el lenguaje salpicándolo de anglicismos con manía histérica a la menor provocación, se han ido olvidando las imágenes con las que los dichos populares nos obsequian. Ir “hecho la mocha” se utiliza para describir un desplazamiento a gran velocidad. Hay dos posibles orígenes de lo anterior, el primero hace referencia a la reducción de tamaño que sufrieron las locomotoras de vapor a principios del siglo XX; nosotros nos quedamos con la imagen de una locomotora severamente dañada por una bala de cañón durante la revolución mexicana, el peso perdido debido a la estructura estropeada le permitía desplazarse a mayor velocidad. Mocha como sinónimo de corto o incompleto. Los otros mochos, según el lenguaje popular mexicano, son aquellas personas de una devoción religiosa tan hipócrita como exagerada. Hay quien dice que el término nació durante la guerra de Reforma (1857 – 1861) para señalar a los conservadores que al persignarse “mochaban” el dedo índice con el dedo pulgar; nosotros sabemos que el primer mocho del país fue el padre de la patria, señalado así por no cumplir de manera cabal con los preceptos de su iglesia y como consecuencia haber sido fusilado y decapitado. Como sinónimo de cortar, el término pasó a significar compartir, cuando se divide algo para repartirlo.

 

Cuando las cosas se ponen difíciles, se aconseja “ir a bailar a Chalma”; cuando se ponen peor, hay que resignarse, “ni yendo a bailar a Chalma”, un poblado del Estado de México que alberga uno de los santuarios religiosos más antiguos e importantes del país y uno de los más visitados. Antes de la llegada de los europeos, el lugar era un centro de culto que recibía la visita de dolidos penitentes que se dirigían contritos a confesar sus pecados a fin de recibir redención. Uno de los atributos que daba nombre a la deidad femenina del lugar hacía referencia a su función salvífica, “la comedora de inmundicias” escuchaba pacientemente a todos los devotos.

 

El baile es un elemento importantísimo en las manifestaciones devocionales de Mesoamérica. En el caso específico de la deidad masculina capaz de perdonar los pecados en Chalma (“el Señor del espejo humeante”, aquel que “todo lo puede”), se le atribuye en México la invención de la música y el baile. Durante los ritos de coronación del nuevo Tlatoani, se dice de él que es como “la flauta” del “Señor del espejo humeante”, al ser la música –y el monarca- un vehículo para comunicarse con la divinidad.

Le debemos al franciscano la memoria de las bellas palabras que dirigía el sacerdote al arrepentido confeso, quien por ese acto resucitaba al mundo de los hombres: “(…) ahora nuevamente comienzas a florecer y a brotar, como una piedra preciosa muy limpia que sale del vientre de su madre donde se crió”.

En 1539, de manera sospechosamente similar al mito Guadalupano, un buen día apareció un crucifijo ahí donde se encontraba la figura de aquel “por quien todos viven”. Se sustituyeron los objetos de culto, pero permanecieron las danzas a manera de ofrenda para el señor “ante quien todas las criaturas quedaron indefensas”.

Nos gusta pensar que la conseja “el que no conoce a dios, a cualquier burro se le hinca” es más socarrona de lo que se cree.

“Tener mala pata”, es tener mala suerte. La mala pata de nuestro famoso “Héroe de Tampico” se enlaza de manera inquietante con certezas arraigadas en el pensamiento de los antiguos Mexicanos: un estigma símbolo de transgresión y anuncio de grandes calamidades, como las que sufrió nuestro país a partir del año 1838.

“Oro por espejitos”, hace referencia a cualquier intento de estafa o engañifa, de origen es una de esas mentiras que cuenta la historia “oficial” con aviesas intenciones. Nos quieren hacer creer que los antiguos habitantes de nuestro país entregaron gustosos sus tesoros a cambio de cuentas de vidrio, espejos y demás chucherías que traían consigo la turba de menesterosos llegados en barco. La mentira intenta encubrir entre otras cosas un despojo, presentándolo como un intercambio amistoso realizado con los tontos naturales del lugar. El aventurero –hoy llamado “humanista”- Pedro Mártir de Anglería lo expresa claramente en sus escritos, los naturales de México “estimaban en poco nuestros espejos, por obtenerlos más brillantes de ciertas piedras”.

La idea de propagar semejantes embustes intenta hacer del despojo, la estafa, el desvío de recursos, la malversación de fondos, el enriquecimiento ilícito y demás taras políticas que continúan destruyendo nuestro país, una constante a la que hay que acostumbrarse por ser parte de nuestra historia. Una triste historia.

Y así nos va.