Inocente palomita

Hace 40 años, las posibilidades tecnológicas ofrecían al estudiante la capacidad de simplificar operaciones aritméticas utilizando una calculadora. Por obvias razones, el uso de calculadoras estaba prohibido para los estudiantes de nivel básico, medio y medio superior. El razonamiento era correcto: antes de usar el camino rápido de la calculadora, los estudiantes deben poder realizar los cálculos matemáticos sin más ayuda que el lápiz y su cerebrito. Con el tiempo llegaron las calculadoras científicas, estas calculadoras podían realizar cálculos de trigonometría, logarítmicos y antes de la llegada de las computadoras de bolsillo, las calculadoras más sofisticadas resolvían ecuaciones diferenciales e integrales, con la posibilidad de graficar los resultados. La tónica era la misma, sólo podía hacer uso de semejantes artefactos, quién podía resolver con lápiz y papel los problemas de cálculo superior.

 

Lo anterior viene a cuento, debido a la insistencia del gobierno federal en dotar de computadoras a niños (no a todos, a los contados de siempre y a saber si de verdad se las dan) que cursan la primaria y secundaria. Al parecer, la idea es volver unos completos inútiles a niños, los cuales son usados como propaganda electoral.

 

Las computadoras para uso escolar en los niveles básico y medio superior, sirven para que  holgazanes en potencia busquen las tareas resueltas en internet, mientras pierden el tiempo leyendo y observando cosas no aptas para su edad. Pero como siempre, esto es el resultado del modelo-país.

 

Las famosas e inútiles reformas que se han dedicado a planchar los señores legisladores desde que el partidazo regresó a sentarse en la silla grande, si algo han evidenciado es la obscena codicia  de la que hacen gala los señores mencionados, listos para recibir el presupuesto, el maiceo o ambos, y tardos para aplicar aquellos que se supone, beneficiaría a todos. Y una vez aprobada la reforma en turno, más de uno se dispone a criticarla como una modificación que se queda corta dadas las necesidades del país. Y así llevamos 40 años o más.

 

El signo de los tiempos se puede calibrar a través del lenguaje y en cualquiera de sus expresiones modificadas a manera de modismos o de franca perversión.

 

Cómo sucede  casi siempre con los nombres que se colocan a los programas gubernamentales, resultan ridículos debido a la pomposidad con la que se quiere ocultar la trampa o la mentira. Si alguien pensaba que no podía existir nombre peor que el de “Guerra contra el narco” o “Cruzada contra el hambre”, se equivocó, para esas chapuzas, el sistema de poder se esfuerza para superarse a sí mismo. Ya le pondrán un nombre sonoro y grandilocuente a su nueva intentona de reforma educativa.

 

Para comenzar y revisando el accionar y los resultados, es imposible afirmar que el “estado” o lo que le suplante, tenga una estrategia. La historia nos dice que para eso, se necesita talla; y los politicastros mexicanos no la tienen. Además, la estrategia es un “conjunto de las reglas que aseguran una decisión óptima en cada momento”; lo óptimo se refiere a la mejor manera de realizar una actividad, y aunque su significado venga a ser el superlativo de “bueno” su raíz indica que tiene que ver con la posesión de fuerza, recursos y riqueza, principalmente materiales; opulento y opíparo comparten la misma raíz. Si los resultados no son los esperados, quiere decir que la estrategia es mala o sus ejecutantes pésimos, luego entonces, no puede hablarse de una decisión optima, a menos que el objetivo no sea el que prometen.

No se puede hablar de un país digital con los niveles de pobreza que padece el nuestro, los índices de bienestar de una población posibilitan el acceso a las nuevas tecnologías y no al revés. Por poner un ejemplo claro y cotidiano, en México el comercio digital se encuentra deprimido debido a los riesgos que corre uno al realizar transacciones comerciales en una sociedad corrupta. Si no se puede pagar en la gasolinera, ni en el restaurante, ni en el pequeño local comercial, ni sacar dinero con tranquilidad del cajero automático utilizando una tarjeta de débito o crédito, so pena de sufrir la clonación de la misma y el posterior desfalco, mucho menos se pueden realizar compras a través de una computadora e internet.

 

Resulta ridículo, por decir lo menos, que  se hable de “digitalizar la seguridad ciudadana”, cuando se pueden comprar en el mercado negro bases de datos con información confidencial de personas e instituciones. En materia educativa, se pretende “ampliar la oferta educativa por medio de la digitalización de archivos y colecciones”, esto significa nuevamente privilegiar el conocimiento; sólo tendrá acceso quién pueda pagarlo o el afortunado niño o joven (de los cuales ya hablamos en un principio) de una computadora en donación; el acceso a internet se vende por separado. Se pretende establecer un sitio digital para realizar “cerca de 7,000 trámites que estarán en el sitio de la Secretaría de Gobernación”. Quien haga uso del sitio web del IMSS y de sus mal hechas y deficientes aplicaciones, podrá hacerse una idea de lo que viene: inmensas filas “virtuales” (gente sentada durante horas delante de la computadora intentando ingresar a la página web). Para colmo, las aplicaciones de la página web del IMSS están tan mal diseñadas, que utilizan recursos tecnológicos antiguos o de plano obsoletos, lo que obliga a no tener al día sistema operativo y programas asociados en los equipos cliente. Lo mismo sucede con el SAT y su versión 3.3 que ya nació obsoleta dada la necesidad de realizar una doble facturación (ellos le llaman “confirmación”) ya que confían, claro está, en la autenticidad de la anterior.

Y se atreven a llamar a esos absurdos “estrategia” o “reforma”

Qué buena broma para este día.

 

Y así nos va.