Corto viaje al inframundo (I)

Debo confesarlo: nunca he sido víctima de una encuesta. No es que tenga muchas ganas de que alguien me quite el tiempo con preguntas absurdas del tipo: “qué prefiere usted, reformas estructurales o apagones”, sólo que esta vez nadie creyó el cuento.

Cuando se manipulaban las cifras durante las pasadas elecciones presidenciales,  nadie sabía de alguien que fuera a votar por el que finalmente resultó ganador, excepto si era algún familiar o futuro burócrata. Se esgrimían hipótesis como: “las bases del partidote están en el Estado de México y ahí ganan más votos que en cualquier estado”. Otra engaño para lo que venía, se articulaba afirmando que el partido invencible tenía más votos en la provincia mexicana (en las zonas rurales) y que el descontento era entre el reducido número de mexicanos con acceso a internet y por ende a las redes sociales. Si esto fuera cierto, el partidazo no hubiera invertido tanto tiempo en contratar autómatas para que, en instalaciones adecuadas ex profeso, intentaran –de manera bastante inútil- revertir las opiniones tan negativas que se vertían en contra del señor de los mil y un vergonzosos equívocos.

Pero bueno, lo anterior describe el accionar del partidote y sus secuaces. En la Ciudad de México, gobernada por la “izquierda” desde que se implementó la votación para elegir al mandatario local, la administración en turno optó por copiar las malas mañas del partidazo. Se gastaron muchos pesos en realizar encuestas fantasma, para demostrar que si algo le gusta al mexicano –y sobre todo si es de la capital- es pagar más con tal de obtener lo mismo; todos los capitalinos quieren aumento en la tarifa del metro, con tal de que el gobierno cumpla con la promesa de limpiar el metro: de basura, de ambulantes y de inseguridad. Sólo que eso mismo se prometió hace unos años, de hecho en la administración anterior, cuando el servicio comenzó a cobrarse con la tarifa actual. Y las mejoras nunca llegaron.

No se trata de despreciar el pintoresco trayecto, por decir lo menos, que promete el subirse al metro. Cuando uno llega a una estación de servicio, el primer esfuerzo consiste en ubicar la entrada, entre tanto puesto ambulante y tanta gente que hace de la entrada su centro de operaciones mercantiles, muchas de dudosa reputación. Una vez que se consigue el objetivo, comprar un boleto para ingresar nos permite conocer el grado de satisfacción por su empleo que impera en los trabajadores. Dada la amabilidad y gusto que demuestran. Cuando nos hacemos del boleto, ya comienza a ser difícil respirar; no sabemos a quién se le ocurrió que era buena idea tener locales de comida donde no sirve el aire acondicionado. Después, dirigirse al andén será quizá lo más sencillo de trayecto para dar paso a lo más difícil: abordar el vagón. Uno de los problemas de la Ciudad, es que ya no cabemos, la Ciudad tan densamente poblada, recibe además millones de visitantes desde las ciudades dormitorio ubicadas en su periferia y un poco más lejos. A esas personas, la Ciudad debe brindarles ciertos servicios: agua, transporte, seguridad y miles de cachivaches en venta. Pues bueno, lo anterior nos explica por qué se requiere tanto esfuerzo para hacer uso del sistema de transporte en cuestión.

Cuando llegan los vagones, el primer problema consiste en ubicarse cerca de la puerta, si este objetivo se cumple, al momento en que ésta se abra, se deberá permitir la salida de los usuarios que descienden. Lo anterior es imposible, dado que, al momento en que se permite la salida, ésta será bloqueada por personas que intentan entrar al vagón a toda costa, debido al miedo que sienten las personas de que los vagones no vuelvan a pasar nunca más. Si uno consigue entrar, por su propio pie o gracias a los empujones, lo primero que se nota es la fetidez del aire, lo segundo es el ruido escandaloso que provoca aturdimiento y hace pensar que uno está viendo visiones o que es presa de algo parecido a un ataque epiléptico. Pasado el susto, uno puede descubrir dos o tres personas que ofrecen mercancía a grito pelado o con bocinas a todo volumen. Al señor de las bocinas lo odian hasta los que venden “el regalo del niño o la niña”. En buena lid, pueden competir quién ofrece “el regalo del ama de casa” vs la mercancía que “es de moda, de novedad”. Pero el que vende discos y DVD’s “similares” no sigue las reglas y hace uso de la tecnología para ganar la batalla del grito. Sobra decir que los usuarios son los únicos afectados. Los únicos que no hacen ruido dentro del vagón son aquellos que se fingen sordomudos para solicitar dinero de los usuarios. Quien no ha presenciado un pleito dentro de un vagón del tren subterráneo entre un “bocinero” y un vendedor de plumas luminosas color pastel, no sabe lo que es el turismo cultural de la Ciudad. Y como sucede en este país profundamente clasista, todo mundo tiene su “naco” de referencia, luego entonces ambos se motejan mutuamente de “muerto de hambre”. Y aquí es donde regresamos al inicio. Es una estupenda idea elevar el precio del metro a fin de convertirlo en un transporte de lujo y de esta manera, eliminar a los molestos vendedores por el simple hecho de que, pagando 10 pesos por viaje, la gente pensará dos veces si compra o no el disco con “éxitos de ayer y hoy”.

Es la mejor idea que han tenido, desde que inventaron la “izquierda ambidiestra”.

Y así nos va.