Dividido

México es un país de contrastes, desgraciadamente no siempre de orden natural. Enormes desiertos recorren la zona norte del país, al lado de las mejores tierras de cultivo y ganado. Dos mares bañan sus costas, lo que no significa que los productos del mar sean de lo mejor. Abundante vegetación cubre el sureste del país, justo donde lo pobreza es extrema.

Dos cadenas montañosas recorren casi la totalidad del territorio nacional, lo que debería significar agua y tierra fértil, justo lo que hace falta para ser un país autosuficiente en producción de alimentos.

Cuando observa desde la ventana de un avión el inmenso erial que es la zona centro del país, no puede uno dejar de preguntarse ¿por qué no se invierte dinero en el campo? Además de evitar la penosa necesidad de importar todo lo que comemos, sean vegetales o animales, evitaría el monstruoso crecimiento poblacional en las ciudades.

Menos del 20% del territorio nacional concentra más de la mitad de la población del país. Y la concentra realizando labores inútiles e insalubres.

¿Por qué el campo les parece tan mal idea a nuestros politicastros? Ellos, que tanto admiran al país vecino del norte, olvidan su origen eminentemente agrícola. Para poder ser un país industrializado –y se entiende, desarrollado- se debe producir, la pregunta se presenta estúpida de cara a nuestra realidad: ¿Cómo podemos llegar a ser un país industrializado, si no tenemos nada que procesar?

Al burócrata promedio, ése que mete mano a los impuestos de manera ávida, el modelo estadounidense de desarrollo se limita a comprarse con dinero ajeno un departamento en Miami o en la isla del Padre.

Y no olvidemos que la burocracia nace y se desarrolla dentro de los partidos políticos de estado, financiados directamente por el gobierno central y obediente a sus mandatos.

La desigualdad que observamos en la distribución geográfica del país, a veces producto de la naturaleza, es mayormente resultado de una mente igualmente dividida. Dividida entre los que ganan miles de pesos y determinan que el resto de la población puede subsistir con migajas; dividida entre los que viven gracias a los impuestos, gravan todo lo gravable y ellos mismos que se dedican a evadirlos; una división entre los que afirman que el sistema de salud pública es de primer orden, pero se hacen atender, con el dinero de todos, en hospitales privados; dividida entre quienes ponen los muertos y los que ponen la indiferencia; entre los que viajan en helicóptero hablando maravillas de su negocio camionero y los que sucumben durante horas en medio del tráfico y el smog.

El país nos ha enseñado su escisión desde siempre. La burocracia cobra impuestos sin fin para pagar comodidades, viajes, rentas de inmuebles de lujo, servicio médico particular, pero no tiene dinero para atender a la población toda. Redondeo de centavos, recaudaciones, colectas, todo con fin de paliar carencias de las cuales el gobierno no se hace responsable, cuando de hecho lo és. A la lamentable frase del politicastro que nos dice “no hay que sacar todo del gobierno” le complementa la realidad del país: sacar todo de los bolsillos del trabajador. Eso sí es válido.

Y así nos va.