Malas costumbres

Malas costumbres

En México hay quién tiene tradiciones muy malas y muy arraigadas: Pedir dinero prestado y no pagar, llegar tarde por sistema a todos lados, declarar cualquier objeto “sin dueño” al primer descuido del propietario, querer “propina” por hacer un trabajo ya cobrado, querer cobrar dinero extra por hacer un trabajo –práctica común del sistema de “justicia”, no hacerse responsable de sus actos, y la muy manida costumbre de crear un caos para después salir a decir que se solucionó un problemón, sin considerar que el problema en cuestión era totalmente evitable.

Cualquier mala costumbre que tomemos como ejemplo, repercute en cuestiones mucho más trascendentales que el soportar al infame vecino, amigo o familiar.

Pedir dinero prestado y no pagar es algo que llevó al país a la bancarrota en 1994. Los morosos no pagaron y por decreto presidencial nos convertimos en deudores de dinero que no solicitamos y mucho menos disfrutamos. Claro está que mal administrar una empresa y llevarla a la quiebra no es similar a pedir prestado y no pagar, se trata de un desagradable ejemplo de no hacerse responsable de sus actos. Y nuevamente, por decreto presidencial, ahora somos morosos por causa de una empresa que no quebramos nosotros y de la cual  nunca disfrutamos dividendos.

Durante estos días, los fracasados de hace 25 años nos dicen que ahora si, por esta que si, van a llevar al país con rumbo fijo y sin demora por la ruta del progreso, utilizando para ello las mismas formulas que cada 6 años demuestran que no sirven para nada. Bueno, de nada nos sirve a nosotros los contribuyentes, a la clase política le sirve y mucho, son formulas para llenar el bolsillo sin trabajar o haciendo como que se hace algo. Se puede “remodelar” un teatro, por ejemplo bellas artes y colocar altavoces dentro del recinto, altavoces que requerirán un mantenimiento constante y garantizan una renta al amigote que ganó la licitación para su colocación.

Lo mismo sucede con la empresa que construyó el nuevo, carísimo y malhecho edificio del senado de la república. Algunas personas ganaron mucho dinero entregando la construcción a la empresa responsable y claro, la empresa misma.

El bonito monumento conocido como la estafa de luz es otro ejemplo de que hacer cosas inútiles deja mucho dinero a los involucrados y muchas deudas para los que aportan el dinero.

Declarar cualquier objeto sin dueño, para después intentar apropiarse de él es una costumbre que no sólo afecta a propietarios descuidados de mochilas, maletas, cualquier clase de equipo electrónico portátil, relojes, pulseras, etc., nos afecta a todos porque, por ejemplo, al ser la calle un bien común, no tiene propietario y al no tener propietario cualquier incivilizado puede declararse dueño de un pedazo de calle o de la calle entera para colocar un puesto y ofrecer en venta mercancías diversas, extorsionar automovilistas que buscan un lugar donde estacionar el auto o para bloquear el paso de transeúntes para filmar un comercial o una escena para la televisión.

Los ritos practicados desde la declaración del intento de futuro presidente bajo el ridículo mote de “precandidato” tienen más de magia simpática que de política. Dos cosas llaman la atención: la primera es esa idea que se tiene de que la persona por sí misma, como por cosa de embrujo o decreto mágico-divino detenta poder alguno, sobre todo, si hacer algo al respecto para constatar ese poder. De lo anterior mucha culpa tienen los medios de adoctrinamiento de masas con su insistente promoción al culto a la personalidad. Pero debido a que el poder es un hacer, es necesario hacer algo (ya sabemos que entre más inútil mejor) para manifestar y  demostrar la tenencia del supuesto poder. Lo más fácil es apropiarse de lo que no tiene dueño y colocar vallas para impedir el libre tránsito y de manera programada caldear los ánimos de los afectados. Esto es lo segundo que llama la atención: en la antigua roma, a la muerte del emperador y mientras se declaraba o reconocía al sucesor, el estado entraba en un estado de excepción, un interregno sin ley, que propiciaba la parición de tumultos (tumultus: situación de emergencia ocasionada por una guerra exterior, una insurrección o una guerra civil) durante las pugnas que podían suscitarse entre los grupos que intentaban hacerse del poder. Tiempo después, el tumultus pasó a formar parte de los rituales que se llevaban a cabo durante el iustitium, que designaba el luto público tras la muerte del soberano. Suetonio cuenta que el emperador Augusto en su lecho de muerte preguntaba insistentemente a sus amigos por algún tumulto que le concerniera.

Designado el sucesor, este pasaba a aplacar mediante los poderes que le fueran conferidos, la agitación pública.

Bonita ceremonia que volverá a verificarse, como cada seis años, para las elecciones federales –presidente de la república- y las locales, específicamente, la ciudad de México.

Y así nos va.


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