Engañifa

Engañifa

La ciudad de México puede obsequiarnos con paisajes deliciosos, si es que logramos elevarnos lo suficiente para no sucumbir a la contaminación visual que le aqueja. No solamente el smog transforma en gris el cielo azul, los cables colgantes de los servicios eléctricos, telefónicos y de fibra óptica contribuyen a manchar el espacio, no se diga carteles espectaculares, bardas pintarrajeadas y claro, la multiforme propaganda oficial.

 

Por propaganda oficial debemos entender no sólo la que nos ofrece el partido político dominante por región geográfica, debemos incluir los mensajes de todos los partidos políticos comparsas, que al ser partidos de estado, su misión es distraer para embotar. La mayor parte de los periódicos que vemos colgados en un puesto de revistas –y que no se venden- sirven precisamente para eso, mostrar encabezados fementidos cuya función es diseminar ideas erróneas en aquellos que de costumbre no suelen leer lo suficiente, ni en calidad ni en cantidad.

 

Alguien en la administración de la ciudad tuvo la mala idea de rentar un paso a desnivel a fin de realizar propaganda dibujando sus paredes. Oficio aprendido –y superado-de quienes se dedican a vandalizar paredes con pintura en aerosol. Después de los mensajes gráficos, pasamos a los sonidos estridentes. Se instalaron bocinas en los tramos subterráneos de las vías “rápidas” de la ciudad para atarantar automovilistas varados en el tráfico. El tema musical del último estreno cinematográfico o el timbre de un teléfono celular llamando son los “efectos” más socorridos. El siguiente paso fue colocar propaganda oficial, de esa que nos informa que vivimos en el paraíso, por si es que no nos hemos dado cuenta.

 

El sexenio del empleo, lo bueno cuenta y cuenta mucho, ciudad segura, y demás paparruchadas de temporada se repiten sin cesar, en todos los medios de adoctrinamiento de masas.

 

El buen juicio recomienda desconfiar de personas de hablar engolado y artificioso, sobre todo si el discurso intenta persuadir sobre usos monetarios, por ejemplo vendedores de cualquier índole y sobre todo, políticos. Los políticos de la vieja escuela tenían notables dotes declamatorias, podíamos reconocerlos fácilmente. Después llegó la época del histrionismo, no sabían hablar, no tenían nada que decir, pero llenaban de muecas el discurso. La razón es que el mentiroso intenta convencer a como dé lugar, incluyendo grotescas gesticulaciones. El señor que “gobernó” el país hace dos ciclos, aunque era conocido como “la lengua más floja del bajío”, era un gran mimo y un pésimo orador.

 

Después de eso, ya nada importa, ni discurso ni muecas, regresamos a la prehistoria y las mentiras intentan legitimarse a fuerza de ser repetidas una y otra vez sin temor al ridículo. La expresión “Miente, que algo queda” es más vieja de lo que pudiera imaginarse, Se atribuye a un consejero de Alejandro Magno. Lo mismo sucede con la frase atribuida al sistema de propaganda Nazi, el que toda mentira se convierte en verdad si es repetida el suficiente número de veces. El señor aconsejaba sembrar la calumnia, herir con ella, cuando la gente hubiera curado la llaga provocada, siempre quedaría la cicatriz. La cita, más o menos parecida, es reproducida por Roger Bacon y por Rousseau. Nada nuevo bajo el sol pues.

 

Y así nos va.


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