De celebraciones a baratijas

De celebraciones a baratijas

La manera más fácil de convertir en baratija la realidad es pensar que todo tiene que ser “divertido”. Constantemente el sistema de poder  trata de convencernos de que todo, absolutamente todo, debe divertir para ser tomado en cuenta, para apreciarse y sobretodo, cultivarse.

 

Para empezar, la palabra “diversión” hace referencia a todas aquellas actividades que se realizan fuera de lo cotidiano, de lo común ordinario; la palabra diversidad proviene del latín diversitas, y esta palabra proviene del verbo divertere, “girar en dirección opuesta”.  Se da por sentado que diverso es aquello que tiene abundancia y variedad, luego entonces divertir implica variedad de actividades, fuera de lo ordinario y no reírse a la primera y primaria provocación, simplemente porque nos dicen que tal cosa es divertida.

 

Se puede divertir sin reír a carcajadas (cómo parece ser la moda de los aspavientos para todo), siempre y cuando no se considere la realidad como una baratija. Aprender es divertido, si uno se mantiene alejado del televisor.

 

Un día festivo es aquel que no se trabaja, generalmente –al menos en su origen- para dedicarlo a actividades religiosas o sacras; no es casualidad que festa y festus compartan origen con fanum (templo). Una festividad puede ser solemne y no necesariamente “divertida”, cómo nuestra famosa celebración del día de muertos.

 

Hasta no hace mucho tiempo, el día de muertos se celebraba de manera solemne, era una fiesta grave, es decir, de gran respeto y veneración.

 

Debido a la manía de hacer de toda fiesta algo divertido, se dio al traste con la tradición y ahora tenemos un sincretismo muy raro e irritante gracias a la mezcla del día de muertos con el “halloween” americano y películas de acción británicas. Siempre me ha resultado muy extraño observar brujas, fantasmas, un gato negro que mueve la cabeza, calabazas y árboles siniestros profusamente iluminados al lado de esqueletos vestidos a la manera de las catrinas de José Guadalupe Posada, adornando una calle que flanquea el hipódromo de las Américas. Resulta triste y aleccionador pensar que la famosa Catrina de Posada tenía como epíteto original el de “la garbancera”; adjetivo con el que se motejaba a las personas de sangre indígena que pretendían a toda costa –incluyendo las inmensas plumas del sombrero- aparentar ser europeos.

 

Si hay algo peor que los bailables de primaria con su inaceptable obligatoriedad, son las actividades de oficina realizadas para fomentar “la convivencia” entre gente que espera la hora indicada para salir disparado y olvidar todo lo relativo al lugar de trabajo, incluyendo a los compañeritos.

Una de esas abominables actividades, consiste en organizar ofrendas para el día de muertos. Cuando la gente no tiene idea del significado, profundo o no de las cosas, comete barbaridades como la siguiente: fui testigo de una “ofrenda” de día de muertos donde se colocaron panes, platos con mole, cigarros y tequila junto con vampiros, momias en ataúd y una cabeza del monstruo de Frankenstein luminosa y parlanchina.

 

Durante un momento, que me pareció interminable, pensé que estaba viendo visiones. Afortunadamente nadie los tomó en serio, por lo que no fueron considerados para los “premios”, cosa que desató la ira de quienes perpetraron semejante bodrio, esgrimiendo como cualidad su elevado costo. Sólo he visto algo peor durante un intercambio de regalos navideño, pero esa es otra historia.

 

Además, ya me acordé, sí hay algo peor y tiene que ver con estas fechas: la exaltación del imperio azteca durante una representación de la llorona en Xochimilco con Carmina Burana cómo música de fondo.

 

Eso de andar visitando panteones durante el día de muertos no es divertido y no se presta para hacer negocio, así que mejor troquemos la tradición en algo que permita, entre otras cosas, maquilar películas con destripados por doquier durante la noche de “halloween”.

 

No hace muchos años daba gusto ir al pueblo de San Andrés Mixquic a presenciar la celebración (de Celeber, concurrido, frecuentado) de día de muertos. El panteón se llenaba de visitantes y flores; en el río flotaban pequeñas ofrendas iluminadas con candelas. En las calles aledañas, la gente abría las puertas de sus hogares para que uno pudiera ver las ofrendas ahí montadas, en medio de puestos de comida típica bastante sabrosa. Actualmente, han convertido la fiesta del día de muertos en un desfile donde se premia al mejor disfraz, abundan expendios de alcohol, comida rápida y personas con máscaras de hombres lobo. Y todo en aras de la diversión.

 

Y así nos va.


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