Hacia el rumbo de los descarnados

Hacia el rumbo de los descarnados

En México se celebra la muerte desde tiempos inmemoriales. La manera más burda de trivializar esta festividad de estimable gravedad es decir que el mexicano “se ríe de la muerte”. De ahí a realizar un desfile de día de muertos que hizo favor de enseñarnos el famoso espía británico, solamente hay un paso (y una administración mediocre y bobalicona).

 

Célebre y celebración se emparenta con dos vocablos latinos, el primero de ellos hace referencia a un evento concurrido, que reúne a mucha gente, la segunda acepción tiene que ver con aquello que se realiza rápidamente, de ahí que se emparente con celeridad y aceleración. La administración de la ciudad tuvo a bien de manera acelerada trivializar una festividad de profundas raíces, que logra congregar mucha gente en una de las principales avenidas del país; lo malo es que lo anterior no nos dice absolutamente nada, a la gente le encanta ir a perder el tiempo de manera lamentable en la mencionada avenida, incluyendo el próximo desfile navideño organizado por una “celebre” (es decir, concurrida) tienda departamental.

 

La imagen del mexicano que de manera tonta y absurda se “ríe de la muerte” nada tiene que ver con la gravedad que se le confería en la antigüedad. En uno de sus poemas, Nezahualcóyotl se lamenta:

 

Estoy embriagado, lloro, me aflijo,

pienso, digo,

(…)

allá donde no hay muerte,

allá donde ella es conquistada,

que allá vaya yo.

(…)

Cantares mexicanos, fol. 14 v.

 

Lejos de la región de los muertos quiere ir, huir de la muerte que persigue al hombre en la enfermedad y en la guerra.

 

En otros versos, y ante su inminencia, Nezahualcóyotl aconseja enderezar los corazones:

 

¿A dónde iremos

donde la muerte no existe?

Mas, ¿por esto viviré llorando?

Que tu corazón se enderece:

aquí nadie vivirá para siempre.

Aun los príncipes a morir vinieron,

los bultos funerarios se queman.

Que tu corazón se enderece:

aquí nadie vivirá para siempre

Cantares mexicanos, fol. 70 v.

 

Enderezar el corazón, lugar del conocimiento verdadero significa pensar correctamente, de nada sirve llorar, que la muerte llega para todos. No nos reímos de la muerte, tampoco le lloramos. Nadie quiere ir a la región de los muertos, al “rumbo de los descarnados”, pero el viaje es inevitable, forma parte del ciclo de la vida. ¿Cómo lo entendían y cómo lo representaban los antiguos mexicanos?

En el museo del templo mayor, ubicado justo al lado de las ruinas en el centro político del país y de la ciudad de México, existe una sala dedicada al inframundo, la región de las sobras, a donde todos “aún los príncipes” dirigirán sus pasos. Antes de bajar al salón, aquellos que sirven de guía advierten a los visitantes de corta edad: “No griten, si sienten miedo, regresen a este punto, aquí los espero”. Nunca una advertencia fue más justa. Dos impresionantes esculturas nos dan la bienvenida, son Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl, señor y señora de la región de los muertos. Las reproducciones muestran un cuerpo descarnado, un rostro sonriente y por debajo de las costillas pende una hermosa estilización del hígado humano; los antiguos mexicanos conocían la capacidad de regeneración de éste, por eso lo eligieron para representar el ciclo de la vida, vida y muerte, corrupción y generación.

El rostro sonriente de las figuras nada tiene de frívolo, no les gusta estar muertos; si la muerte forma parte del ciclo de la vida, nada tiene de terrible. Simplemente se venera y se respeta.

 

La invención de la festividad de día de muertos como la conocemos ahora, es un invento “nacionalista” fraguado a principios del siglo XX.

 

El sofisma “el mexicanos se ríe de la muerte” nace en los años de la revolución, en medio de una violencia sin freno, tal como sucede ahora.

 

Gracias a las películas de acción y a la nula reflexión histórica, hay quién se atreve a desear a otros un “feliz día de muertos”.

 

Y así nos va.


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